El condenado de la vaquería de Llac Yaymay

Cuentan que un señor que vivía en San Agustín se fue de viaje a Lima. Su esposa estaba en la vaquería de Llac Yaymay con su ganado. El señor, de regreso de Lima –o de ida, no se sabe- el caso es que le dio un cólico y se había quedado muerto. Murió y lo enterraron por ahí en el sitio que llaman Tambo de Perros, por ahí en el desierto por donde antes se viajaba a Lima en esos tiempos.

La señora tenía tres hijos y llegó a saber que su marido se le había muerto. La pobre no tendría como ir a solicitarle. Ella lloraba, lloraba, por su esposo y estaba sola en las alturas de san Agustín cuidando su ganado de la vaquería de Llac Yaymay.

Pasarían días o semanas seguramente, y la señora continuaba llorando por la pérdida de su esposo. En uno de esos días, en una noche, llegó un hombre a la vaquería. La señora seguramente con la luz reconoció que era su marido. Al reconocerlo ella lo recibe como a su esposo, como en un sueño, porque no tenía seguridad ya que ella misma no lo había enterrado. No tenía seguridad de que había muerto. En esos momentos creería que estaba vivo y que no había muerto. Como sería, pues.

Se dice que cuando el esposo llegó y la señora lo reconoció con la luz, su esposo le dijo: “vamos a comer, apaga la luz”. Entonces, ella apagó la luz y le sirvió lo que tenía de comida, dicen que era un plato de mazamorra.

Cuando terminó de comer, ella encendió la lámpara nuevamente y su esposo le dijo: “tengo sed”. Al mismo tiempo ella vio que toda la mazamorra que le había servido a su esposo estaba derramada en su pecho... en fin, que habría pasado en esos momentos. Su esposo le dijo nuevamente: “tengo sed”, y como ella en esos momentos no tenía ni una gota de agua en la casa y ya era de noche, le contestó: “está oscuro, tengo miedo, cómo hacemos, todo está oscuro”.

La quebrada donde ella sacaba el agua estaba lejecitos, como unos doscientos metros de la vaquería. El marido le contestó:

“anda con mi cordón”. Seguramente en esos momentos ella ya se habría dado cuenta que su marido era un condenado. Fue pues la señora a traer el agua con el cordón de la mortaja de su marido.

“...ese no es tu esposo... ese te está engañando. En Puente Viejo hay viajeros. Váyate a Puente Viejo. No le contestes hasta que estés llegando a Puente Viejo”.

Entonces, la señora ahí mismo se agarró del frente del cerro para abajo donde se iba a Puente Viejo. En esos años los viajeros que iban de San Agustín a Lima tenían que pasar el primer día por ahí. Ahí paraban para hacer comer a sus avíos y de ahí madrugaban para continuar el viaje, amanecer por Rauma, por Chuccho. Con ese fin, los viajeros pasaban por ahí. Es por eso que el cordón de su esposo le dijo a la señora:

“Ahí hay viajeros, váyate, yo no le voy a contestar hasta que estés llegando abajo a Puente Viejo”.

Mientras todo esto pasaba, el condenado que se había quedado en la casa esperando el agua, comenzó a llamar desesperadamente a su cordón: “cordón... cordón...”; pero el cordón no le contestaba. Volvía a llamar: “cordón... cordón...”; así seguía llamando a su cordón. Los diablos, sin el cordón de su mortaja, dicen que no pueden hacer nada, ya no pueden movilizarse.

La mujer, como iría pues, dejando a sus hijos en su casa con su esposo. Ella partió a puente Viejo en la noche y entre la vaquería y Puente Viejo habrían como tres kilómetros hacia abajo. Cuando la señora estaba por un sitio que se llama Ancayhuay, recién el cordón de la mortaja le respondió al condenado. El cordón le dijo al condenado: “cómo voy a venir si estoy amarrado”. Pero, para eso, el cordón le había pedido a la mujer que lo amarrase en una “taya” (arbusto que crece en la zona) que había en el monte.

El condenado, lo encontró, lo desató, se lo puso, y se fue siguiendo rápidamente a su esposa. Se fue atrás de ella y casi al igual que su señora llegaron abajo.

La señora llegó, pues, desesperada a puente Viejo. Ahí habían varios viajeros porque en ese tiempo se andaba en grupos. Seguramente al momento de llegar la señora les habría dicho a los viajeros que la estaban engañando y que la protegieron porque inmediatamente, los viajeros escondieron a la señora dentro de los aparejos de sus acémilas. La señora seguramente les diría:

 “tápenme, tápenme”.

Ahí no más, en esos momentos, llegó el condenado. El condenado luchó con los viajeros y los viajeros se defendían del condenado con sus estribos, que en esos tiempos tenían sus esquinas de níquel o de plata. Con eso le daban duro a la cabeza del diablo. Dicen que cada vez que el condenado recibía golpes, salía candela de su cabeza. Así, los viajeros pudieron dominar al condenado.

Al verse derrotado, después se iría el condenado convencido que ya no podía. Dicen que antes de irse el condenado dijo:

“Por qué llora tanto esta mujer... esta mujer es la que me ha condenado”.

Eso fue lo que les dijo el condenado a los viajeros antes de irse.

Al día siguiente, los viajeros acompañaron a la señora a su casa en la vaquería de Llac Yaymay para ver cómo estaban sus hijitos, los hijitos de la vaquera. Ya no había nada. Puro hueso dicen que era. Huesitos, huesitos introducidos en los huequitos de las paredes de la casa. Ahí dicen que el condenado había echado los huesitos de las criaturas. No había nada. El condenado todo se lo había comido... todito.

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