El engaño

Tradición del pueblo de Huayopampa

El sistema colonial de reparto de tierras a los indígenas, había concedido a los comuneros de San Agustín de Páriac su correspondiente maizal de Huayopampa (Huayau: sauce; Pampa: llanura) tierras llanas, bajas, muy fértiles pero distante a 12 Kms aguas abajo en el río Añasmayo, unido por un buen camino de herradura que serpentea bordeando numerosos collados desprendidos del macizo montañoso de Mango y atravesando las tierras de dos comunidades vecinas: Chaupis y Pállac. Una prueba más del sistema equitativo de la administración colonial.

Se cuenta que un día cualquiera del mes de marzo, en la época colonial, araba su chacra para el sembrío del maíz un joven huayopampino. De pronto vio que su enamorada subía por la cuesta de Rampe, con el atado a la espalda, rumbo al pueblo de San Agustín. Sin pensar dos veces, el zagal desunció la yunta y se dirigió apresuradamente tras la paloma que se le escapaba sin haberle consultado. Pero a cada recodo que avanza jadeante con la intención de darle alcance, ella aparece triunfante en el inmediato superior, volteando así loma tras loma hasta la última de Chacahuaca desde donde se observa ya el pueblo de San Agustín. En ese momento ella ingresaba a la población, se dirigió a su casa, se puso a barrer el patio e instantes después se levantaba el humo de la cocina. Por fin el joven se tranquilizó pensando que la enamorada se había esquivado con el objeto de preparar la comida, y como estaba en la última jornada del trayecto se dio un corto descanso sentándose sobre una piedra a la vera del camino para luego proseguir su marcha, entrando al pueblo justo cuando se cernía la noche.

Al llegar a la casa de la enamorada se dio con la terrible sorpresa de que no había nadie y lo que era peor no aparecía ninguna huella humana en el patio ni en la cocina. Fue cuando recién se dio cuenta que había sido víctima de un engaño. Era tarde y en San Agustín no había persona alguna. Tampoco podía regresar a Huayopampa a esa hora. Optó entonces por encerrarse en su casa trancando por dentro con todos los objetos habidos, y luego se subió al segundo piso o altillo que en aquella época se tejía con cañas traídas de la quebrada.

A media noche llegaban los diablos danzando alrededor del patio dando vueltas y vueltas al son de su música macabra, hasta que al fin ordenó el jefe: ¡ Abran la puerta!...

Los danzantes intentaron franquear la puerta uno tras otro pero inútilmente. Hasta que fue el jefe y de un solo puntapié abrió la puerta exigiendo nuevamente: ¡Sáquenlo!...

Entraron los danzantes y rebuscaron minuciosamente la casa sin conseguir a nadie, saliendo nuevamente al patio contestaron: “No está... Penetró entonces el jefe y señalando directamente el altillo con su vara de mando les requirió: ¡Aquí está!...¡Bájenlo!...

Arrastrando hasta el centro del patio de la casa, siguieron danzando alrededor de la víctima hasta que resolvieron llevárselo fuera de la población. Sin embargo, ahí estaba su salvación; pues al pasar por delante de la Santa Cruz que existe en la salida de todos los pueblos de la sierra, los diablos no pudieron trasportar el sagrado símbolo del cristianismo pese a los esfuerzos que hicieron durante toda la noche. A las cuatro de la mañana llegaban de Huayopampa los Regidores de Campo, para efectuar la ronda y cuidado de las “moyas” de San Agustín. Encontraron tendido y moribundo al joven, frente a la cruz, arrojando espuma por la boca, pero logrando relatar todo lo sucedido antes de expirar.

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