El Féretro de San Agustín de Páriak

Introducción

Durante mi trabajo de campo en Huayopampa (1975), tuve la oportunidad de dialogar con varios comuneros acerca del féretro de san Agustín. Se trata de un ataúd de madera, sólido pero algo gastado por los años, conocido por todos los comuneros como el féretro.

Este féretro fue empleado para velar a los muertos cuando la Comunidad tenía como lugar de residencia habitual el pueblo de San Agustín de Páriak, esto es, hasta la década de 1920 aproximadamente. El féretro sólo era empleado durante el velorio y para trasladar al muerto de su casa al cementerio. En el cementerio, la persona fallecida era retirada nuevamente del féretro y enterrada exclusivamente con su mortaja. El ataúd comunal era limpiado y regresaba nuevamente a su depósito en el templo en espera de un uso futuro.

En la Comunidad existen numerosos cuentos –aquí sólo presentamos tres- de las andanzas del féretro, jalado por las almas, durante las noches oscuras y solitarias de san Agustín. Se comenta con mucha precisión cómo, a eso de las 12 de la noche, comienzas las andanzas del féretro. Primero, se siente el crujido muy fuerte de la antigua puerta colonial del templo que se abre. Luego, se siente un sonido muy fuerte que es el ocasionado por el ruido que hace el féretro al ser arrastrado sobre las piedras y lajas del atrio del templo, sonido tan fuerte que retumba hasta la quebrada de Chacahuaca. A continuación, el féretro tiene que bajar las tres escaleras que separan el pórtico del templo, de la Plaza de Armas de san Agustín, ahí suena mucho más. Llegado a la Plaza de Armas, el sonido cambia porque en lugar del ruido del ataúd arrastrado sobre piedras y lajas del pórtico, ahora es arrastrado sobre terrenos casi sin pastos; el ruido que hace el cajón ahora es algo parecido al ruido de los cascos de las patas del asno cuando araña un terreno casi sin pastos... ese es el tipo de sonido que hace el féretro.

I.

La costumbre de antes era que el Pueblo nombrase tres celadores de campo para que cuidasen los sembríos en Moya y vigilasen la papa. Se hacían turnos en Febrero, Marzo y Abril, cuando la gente –los agustinos- bajaban a Huayopampa para sembrar el maíz. Durante esos meses, San Agustín quedaba en silencio.

Eran tres celadores de campo: Un Alcalde de Campo y dos Regidores.

Un día, cuando subieron de San Miguel de Huayopampa para reemplazar a un Regidor en el cuidado de la Moya, dicen que la gente comentaba que todas las noches salía un bulto del panteón o de la Iglesia (el panteón colinda con la Iglesia en San Agustín).

Entonces los Regidores, Pedro Mendoza y José Pastrana, se pusieron a observar para ver si era cierto o que se comentaba, y a eso de las once de la noche, cuando ellos estaban cerca de la Plaza de Armas de San Agustín, observaron cómo salió un bulto de la Iglesia. Se dieron cuenta, pues, que era cierto lo que la gente comentaba.

Los dos Regidores, entonces, acordaron que uno iba tras del bulto siguiéndolo y observando a dónde iba y que el otro Regidor se quedaría junto a la gran piedra que existe encima de la plaza para observar de lejos que rumbo tomaba.

El Regidor que iba siguiendo al bulto observó cómo éste, al pasar por la puerta de la casa de la Señora Basilea se detuvo y dio unos golpes como de carnero, en la puerta de la casa de la Señora Basilea.

De ahí, el bulto siguió para arriba del pueblo y al regresar a la esquina, volvió por encima de la plaza. Ahí se había quedado el otro Regidor. Sin embargo, al llegar el bulto a la Plaza de Armas, el Regidor que lo seguía halló a su compañero –el que se había quedado observando todo desde la Plaza- implorando desesperadamente el nombre de Jesús.

El Regidor que no había sido maltratado, fue a auxiliarlo y ambos acordaron que esa noche dormirían juntos, los dos en una sola casa. Al llegar a recoger la cama (esto es, las pieles de oveja sobre las que se dormía) del primer Regidor, para llevarla a la casa del segundo, no pudieron. Además de no tener mechero para alumbrarse, parecía que tanto la frazada como el pellejo de carnero se habían pegado al suelo... por más que jalaban los dos, no podían recogerlo.

Decidieron, pues, dejar las cosas como estaban e irse a la casa del otro Regidor donde iban a dormir. La casa de este Regidor estaba algo más distante de la Plaza. Al llegar prendieron el mechero, acomodaron los pellejos y las frazadas para dormir, y apagaron el mechero. Pero no pudieron dormir esa noche. Cada vez que apagaban el mechero, alguien los fastidiaba jalándoles las orejas, jalándoles los pies. Prendían nuevamente el mechero y no había nadie y tampoco nadie los molestaba.

Esa noche tuvieron que amanecerse con la luz encendida.

II.

Don Agripino Pastrana (nació 1899), comenta que en una oportunidad cuando él tuvo que subir a san Agustín de Páriak solo –de esto hace muchísimos años- él había oído el cuento del féretro pero no creía en los sucesos. Dice que al momento de acostarse y apagar la luz, sintió el sonido del crujir de un cajón que venía siendo arrastrado lentamente y en la dirección de su casa. El movimiento era lento, pausado y con interrupciones.

Agripino se levantó, miró entre las tablas de su puerta, pero no vio a nadie ni a nada. Sin embargo trancó bien su puerta con una barreta y se volvió a acostar. Pero nuevamente comenzó el sonido del cajón que estaba siendo arrastrado hasta que llegó a pasar por la puerta de su casa, cambiando nuevamente el rumbo.

Preguntándole a don Agripino –quién aún vive en 1978- su opinión acerca del féretro, él respondió con una anécdota:

“Yo he oído el féretro... cuando pasa es porque muere una persona... al poco tiempo que yo lo oí murió mi compadre Miguel...”.

III.

Contaban los abuelos que a eso de las once o doce de la noche, cuando iba a morir una persona, el féretro salía de la Iglesia a media noche y se iba por la calle a la casa de la persona que iba a morir. El féretro iba solo, siendo cargado por los espíritus. Todavía dicen que como velas iban ardiendo, ardiendo, acompañando al féretro.

Dicen que un curioso, pues, divisó por la rendija de la puerta de su casa en qué sentido iba el féretro y pudo ver que estaba siendo cargado y que las luces que ardían eran los huesos de los muertos, y que no eran velas. Eran huesos de los muertos y una luz azul era, no una luz blanca. Azul dicen que era la luz y que iba pues como cuando llevan a los muertos... pero el féretro iba en la dirección de la casa del que iba a morir.

Ahí dicen que llegaba el féretro y entonces ellos por eso ya sabían que en esa casa iba a morir alguien. Siempre sabían decir los antiguos:

 “Para esa casa ya llegó”.

Y cuando moría cualquier persona, decían:

“Sí, salió el féretro, pues, salió el féretro pues... ahí llegó para esa casa... con razón pues que ya murió fulano, pues...”

Eso del féretro era real en San Agustín.

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