El Gañan en los entierros en San Agustín de Pariak

Cuando una persona moría en San Agustín, entonces el encargado de la Iglesia iba a sacar el féretro de la Iglesia y ahí depositaban al muerto. A los muertos generalmente se les velaba fuera de sus casas. Nunca dentro de la casa. Solamente se les ponía un hábito de mortaja. No les ponían como hoy un vestido. Le ponían su cama (pellejos de carnero), con su cabecera, con su hábito afuera de la casa, ahí libre, en el pollo de la casa (Las veredas de San agustín se conocían como pollos).

Cuando el sol venía, le hacían una sombra con un toldo, para que no le dé el sol. Así lo sombreaban a los muertos. Cuando estaban en el féretro hacían igual. En San Agustín había un solo féretro para todos. Llevaban al muerto al cementerio dentro del féretro, luego lo sacaban por un costado, de un extremo.

No se velaba dentro de la casa y el pueblo tenía que acompañar al difunto. Como se velaba afuera, todo el pueblo acompañaba al difunto, ahí venían todos con su cama, esto es, con sus cueros de carnero, de llama o de vaca; ponían un cuero sobre otro a manera de colchón. Entonces, para velar venía la gente cargando sus camas, un montón de cueros, con sus frazadas y con sus hijos. En ese patio toditos tenían que dormir con sus hijos.

En eso, ya por distracción, venía un gañán para distraer a los dolientes. La noche se pasaba mascando coca, fumando cigarros, tomando ron o jugando casinos.

Por distracción venía un gañán y otros dos jalaban un arado de esos arados utilizados para arar la chacra, que alguien traía de por ahí. Los bueyes eran dos hombres y el gañán venía más atrás con su guijón que sirve de puya. Venían de extremo a extremo, como quien araba una chacra. Comenzaban de debajo de la calle.

Entonces venía el gañán y decía: “...pasa, pasa, pasa...”. El distraía a la gente haciéndose el que araba el patio donde estaba durmiendo toda la gente que acompañaba a los dolientes, las mujeres con sus tres o cuatro hijos, sobre sus pellejos y protegiéndose con sus frazadas. Entonces pasaba el gañán y toda la ropa se la llevaba con el arado. La gente no tenía tiempo para sacar a sus hijos y menos para recoger sus camas y su ropa. El gañán con su arado llevaba toda la ropa hasta el otro extremo de la calle. Llegando a este extremo, el gañán ya con el aguijón que tienen los gañanes para botar la basura de las espigas del arado, separaba las frazadas y los cueros que se habían acumulado. El gañán botaba, decía, la champa, esto es, botaba las frazadas y los cueros. Las mujeres, al mismo tiempo gritaban y hacían mucha bulla con sus hijos a los que habían quitado la cama y su ropa. Después, el gañán daba vuelta y vuelta, vuelta y vuelta, y llegaba hasta el rincón. Permanecían arrinconados hasta que el gañán termininaba de arar. Todos trataban de recuperar su ropa, su cama, en medio de un bullicio. Otros trataban de escaparse del arado. Ya se volvía una distracción y toda la gente se reía porque eso se volvía en broma y gracia.

Entonces decía: “camellón”, “ya no hay camellón”, “ya no hay champa”, “ya está bonita la tierra”, “ya está tierrita”, todo eso decía el gañán. De repente encontraba otra ralla, algún cuerito, alguna frazada. En eso, no más entraba.

Después venía la cortada, las tomas que hace, las partidas, el agua. Total, en todo eso se pasaba casi toda la noche.

La gente después se quedaba acompañando, durmiendo. Los dolientes, todos de luto junto al cadáver. Tenían un estilo de cómo era el llanto de las señoras. Lloraban toda la noche, “verseando”... hablando: “así fue mi hermano... que esto... que el otro...”, todo en forma de verso.

Esta costumbre también ya terminó. Ya no hay esto. Ya eso no se escucha.

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