La Caposa

Introducción

Hay puquiales en diferentes partes de las alturas de San Agustín de Páriak y se afirma que en cada puquial se han presentado Caposas. Se trata de espíritus femeninos que se aparecen en forma humana elegantemente vestidas y de una manera bastante atractiva y seductora.

Las diferentes versiones y narraciones vinculadas con el tema de las Caposas comentan cómo cuando los hombres caminan solos por las alturas de San Agustín, es frecuente que se crucen con alguna señorita guapa y elegantemente vestida que se deje seducir fácilmente. Ellas son las Caposas (conocidas en otras regiones del país como Sirenas o Encantos).

Los Huayopampinos, que ya conocen de la existencia de las Caposas, se ausentan puesto que saben las consecuencias de ello.

Estas Caposas precisamente actúan durante los meses en que los comuneros están trabajando en la parte baja de la Comunidad, y las alturas de San Agustín quedan muy tristes y solitarias.

Es por ello que una moraleja bastante difundida en la Comunidad es la de no contestar nunca a las llamadas cuando uno se encuentra en las alturas. La primera y segunda llamada puede ser de una Caposa, pero si se insiste con una tercera llamada, esta ya puede ser de una persona legítima.

I. La Caposa del monte de Mango

Juan Morales era vecino de Pampas y su esposa era de familia de ganaderos. A este señor tanto su esposa como sus suegros lo trataban muy mal.

Un buen día los suegros de Juan echaron de menos un torito color barroso y lo mandaron a buscarlo. Su esposa le preparó un “ranchito” –fiambre para el viaje– consistente sólo en un poquito de cancha y escoria de queso. Nada más.

Juan emprendió el viaje y al llegar a un lugar denominado Kolkioscocha –muy cerca al monte de Mango– se sentó a comer junto a la aguada. Al comenzar a comer su “ranchito” se puso a llorar pensando lo mal que lo trataban tanto su esposa como sus suegros y el escaso fiambre que le habían preparado. En eso sintió rugir un buey. Tomo su agua y se fue rápidamente en búsqueda del animal.

El animal que Juan Morales buscaba era un buey pequeño, color barroso, y Juan corrió en búsqueda de él guiado por los mugidos que oía. Es en esas circunstancias que aparece una Caposa, en la forma de una mujer elegantemente vestida.

La Caposa le preguntó a Juan qué era lo que él buscaba. Juan le contestó que a un torito. Ella le informó que sabía dónde estaba el torito y le ofreció acompañarlo en su búsqueda.

Ambos emprendieron la marcha pero en el camino se le empañaron los ojos a Juan y, al reaccionar... se encontró ya no en la puna, sino en un palacio donde todos los utensilios eran de plata. Ambos, Juan y la Caposa, vivieron juntos en la palacio por espacio de ocho días.

Al octavo día la Caposa le indicó a Juan dónde estaba el toro pero le aconsejó que mejor regrese directamente a su casa sin el animal. Para su viaje, la Caposa le preparó una talega con su fiambre y le dijo que al llegar a su casa no le cuente a nadie lo que había sucedido –esto es, su estadía en el palacio– ni tampoco que se acueste con su esposa. Antes de que Juan se despidiese de la Caposa, se pusieron de acuerdo para volver a encontrarse dentro de ocho días.

Juan Morales siguió el consejo de la Caposa y se fue directamente a su casa. Cuando llegó, abrió delante de su esposa la talega donde pensaba que tenía fiambre y ambos se extrañaron al encontrar monedas de plata en lugar de un fiambre. La esposa de Juan se sorprendió enormemente al ver tantas monedas de plata y se sorprendió más cuando descubrió que Juan ya no quería tener relaciones con ella.

Al octavo día, tal como se habían puesto de acuerdo, Juan regresó donde la Caposa y estuvo viviendo con ella por unos cuantos días. Pasados estos, la Caposa nuevamente le preparó un fiambre para su retorno y le aconsejó nuevamente no tener relaciones con su esposa.

De regreso a casa, Juan nuevamente vacía la talega y otra vez la encuentra repleta de monedas de plata. Su esposa empieza a sospechar de la procedencia de esas monedas y también está sorprendida del desinterés de su marido hacia ella. Ella lo comenta con sus padres y todos los familiares, tanto de Juan morales como de su esposa, comienzan a preguntarse de dónde traía tantas monedas de plata. Como Juan se niega a responder a todas las preguntas, deciden apresarlo.

Preso, Juan es conducido donde el Sub-prefecto y ante su Despacho confesó el origen de las monedas. Las autoridades, deseosas de conocer el palacio, fueron juntos con Juan al lugar descrito por él. Ahí encontraron a la Señorita y ella los invitó a pasar al palacio. Todos, tanto el Sub-Prefecto como los gendarmes, pasaron y... desde eses momento, quedaron apresados ahí sin poder salir.

En vista de esto, las autoridades de Lima se enteraron del suceso y enviaron un regimiento completo de caballería que incluía una banda de músicos, para rescatar al Sub-Prefecto. L llegar al lugar, la Caposa se presentó ante el regimiento y les mostró tanto al Sub-Prefecto como a sus gendarmes, invitándolos también a pasar al palacio. Desde ese momento todos Sub-Prefecto, gendarmes, regimiento de caballería y banda de músicos se quedaron encerrados para siempre.

Es esa la razón por la cual todos los días, a las doce de la noche, se escucha a los músicos tocar sus instrumentos en las inmediaciones de la laguna Kolkioschka.

II. El Encanto de Mango

Juan Morales, vecino de pampas, estaba casado. A este señor su suegro lo trataba muy mal por tener bastante ganado vacuno.

Un buen día, no se sabe en que tiempo sería, sus suegros al echar de menos unos animalitos, lo envían a que los busque llevando como provisión sólo escoria de queso y un poco de cancha.

Llegado al sitio de Culcococha –otro puquial- se sentó a comer su ranchito y ahí estaba una Caposa. Juan Morales lloraba al pensar cómo su suegra lo trataba tan mal.

Al ver que sus alimentos eran disminuidos, insuficientes, siguió llorando y en eso oyó rugir un buey. Tomando su agüita se fue en búsqueda del buey que mugía.

¡Pobrecito Juan! No veía al buey pues el animalito había sido pequeñito, chiquito, un buey de color barroso... torcía las ramas de las piriullas. El torito siguió camino y el señor que quería chaparlo creyendo que era una cuñapa.

Cuando en eso se le presentó una señorita, una Caposa, bien arreglada, adornada, y le dijo: “¿por qué lloras don Juan Morales? ¿qué te pasa? Tus animales están más arribita, ¿qué quieres?... si tus padres políticos y tu mujer no te tienen cariño o gratitud, vente conmigo”.

El torito se había vuelto señorita. Ya no había torito, éste se convirtió en señorita y esta señorita le dijo a Juan Morales que mejor se quedara con ella. Conversando con la señorita, por casualidad se le empañaron los ojos y... al volver a ver, se encontró en un palacio donde había grandes cosas.

Estando en el palacio, se perdió como ocho días. Ahí la señorita le preguntó qué era lo que deseaba y le regaló muchos utensilios y objetos de plata.

Al salir del palacio, la señorita –que era una Caposa- le ordenó que nunca le contara a su mujer ni a ninguna persona dónde había estado y también le dijo que cuatas veces quisiera regresar al sitio que venga no más. La Caposa le regaló utensilios de pura plata.

Al llegar a su casa, la esposa de Juan Morales, su maldita esposa, sospecha y divulgar que Juan había traído cosas de plata pero... ¿de dónde? ¿robado? Además, en la última de las remesas que la Caposa le regaló a Juan, había una llamita que comía alfileres y defecaba cuartillos de plata. Esa fue la causa de la divulgación. La esposa de Juan comenzó a preguntarle a su esposo, ¿de dónde traes tanto? ¡pura plata!, ¿robado?... y, como consecuencia de la divulgación de su mujer, llegaron a apresarlo al pobre Juan.

Como la Caposa le había dicho que no hablara a nadie, Juan fue apresado pero su llamita quedó en la mesa de su casa. Juan fue conducido por las autoridades de Pampas a Lima en una mula aparejada, ya que en esa época no había carretera, todavía. Esto es triste ya que el pobre no declaraba.

Llegó a Lima y ahí sí declaró. Por eso lo devolvieron a pampas con su piquete, con un escuadrón de caballería, para constatar la veracidad de las cosas. Si lo que él decía era cierto o no. El escuadrón vino a Pampas con Juan morales, rumbo al cerro Mango, al mismo sitio donde él había recibido las prendas del la Caposa.

La Señorita, la Caposa, al ver a don Juan se presentó nuevamente y le invitó a pasar: “pase don Juan”... también invitó a pasar a su palacio a toditos. Entrando, cerró la puerta del palacio y hasta hoy, no se ve a nadie.

Esto es verdad.

III. La Caposa de la laguna de Rocrococha

En Rocrococha, al pie del cerro de Mango, existen dos fuentes de agua, dos lagunitas, donde los antiguos afirmaban que allí se presentaban las Caposas para llevar sus pertenencias. Una de las lagunitas es grande y la otra es mediana.

IV. La Caposa de la Laguna de Azulcocha

Encima de la laguna de Azulcocha hay un puquialcito donde se encuentran dos bateas –dos fuentes de piedra- donde las Caposas lavaban. Una batea es grande y la otra es mediana. Piedras tan grandes nunca se encuentran por esas alturas. Ahí lavan las Caposas. Todas sus ropas son blancas.

V. La Caposa de Chuño Hichana

Una señorita engañó a un niño, Salomé ríos, hijo de don Melchor ríos, por tres días cuando este niño había salido en búsqueda de sus becerros. Los padres de Salomé eran en ese entonces los vaqueros de la Comunidad.

Cuando Salomé fue a juntar los becerros, se perdió por tres días. Ahí, por la vaquería donde vivían, también hay un puquialcito. Al no regresar Salomé, sus padres comenzaron a buscarlo en las alturas hasta que lo encontraron.

Al preguntarle dónde había estado esos tres días, Salomé les contestó:

“una señorita me llevó y me dijo: niño, cierra tus ojos. La señorita estaba bien calzada y bien arreglada. Yo cerré mis ojos”.

El muchacho lloraba y lloraba porque la Caposa quería que el chico la sedujera, pero como era niño y no podía, ella le apretaba los testes que terminó castrando al muchacho.

Por eso lloraba el muchacho. Como tanto lloraba el muchacho, la Caposa lo consoló y en eso lo encontraron sus padres.

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