Pishtacu Machay

Con el nombre de Pishtacu Machay se conoce a dos grandes cuevas con huellas de fogata y de humo, una ubicada en las alturas de San Agustín, y la otra en las cercanías de Huayopampa. Dicen que los pishtacus hacían ahí sus fechorías. Cuentan que en cada una de estas cuevas hay un gran clavo que está incrustado en el cerro. En ese clavo, dicen, los pishtacus colgaban a sus víctimas. Por eso es que en el interior de las dos cuevas se hallan numerosos huesos.

Los pishtacus aparecieron después del Virreynato, y aprovechaban la soledad y del silencio de las alturas. En la puna por más que uno grite y pida auxilio, no hay quien lo oiga a uno y quien acuda a defenderlo. En esos tiempos se andaba mucho por estas alturas. La gente, desde Huaroquín y hasta Pacaraos, bajaban a San Agustín para hacer sus compras de maíz, habas, trigo y papas. Los Agustinos tambíen hacían muchos viajes, unas veces al maizal de Huayopampa, otras a los pueblos vecinos y hasta incluso a la costa. Era esa oportunidad de los viajes, esa soledad de los viajes, la que aprovechaban los pishtacus.

Los pishtacus esperaban a los viajeros que transitaban por los caminos de las alturas, los amarraban y los llevaban a esas grandes cuevas que ahora llamamos Pishtacu Machay. Ahí, en esas cuevas, degollaban a los viajeros y los tostaban como chicharrón para sacarles su grasa y luego bajar a la costa para venderla a las fundiciones que hacían campañas.

Los pishtacus preferían a las mujeres gordas porque a ellas les podían sacar más grasa.

El trabajo de los pishtacus se debía a que las fundiciones de la costa necesitaban grasa humana para producir campanas de mejor timbre.

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